jueves, 13 de diciembre de 2012

Bebop o el arte de vivir ahora.

Y sí. Sigo anclada en el pasado, y sabemos que las anclas son pesadas pues su función así lo requiere. Pero de pronto ese no-estar, ese pretender vivir lo que ya no es -bueno y malo- te deja en un limbo donde no podés ser ni hacer.
Entonces, durante los 40 minutos que suceden a ese instante preciso en que el fármaco -legal, alguna vez recetado- hace efecto, sentís que limpiás el escenario de mugre, de hojas secas, del enchastre causado por goteras y huracanes, de las porquerías que con mayor o menor conciencia tiran a tu patio esos vecinos de arriba que no te atrevés a enfrentar. Y se te ocurre que si ese lapso durara un poco más (con la ayuda de la química), algún deseo escondido vencería su patológica timidez y se abriría paso, visible, audible, imposible de ignorar.
Pero ese momento no llega: estás por atraparlo con una red para mariposas, y no. Tampoco esta vez.
Sin embargo, me sigue maravillando mi insistencia en renacer de todas las muertes, de todas las teorías y creencias y fantasías que mi razón crea y derrota con igual facilidad.
Improvisar ES la libertad, y viceversa: es escribir con fibra indeleble porque no hay marcha atrás, y aprender a amar los manchones y las tachaduras tanto como los poemas más logrados. Es elevar la imperfección en mí porque gracias a ella la belleza es posible.

Como un solo de Miles, de Coltrane, de Bird, de Monk.

martes, 6 de marzo de 2012

Levo anclas...

Iba a escribir "¡leven anclas"! cuando me di cuenta que no hay más tripulación ni pasaje en esta nave más que yo misma.

Una bebida con un tonto 7% de alcohol (lo cual me lleva a creer en una biología hipersensible o un efecto placebo), me anima a empezar.

Resumen amoroso de dos décadas:

Me enamoré de dos piscianos que no me correspondieron. Se enamoraron de mí dos geminianos a quienes no correspondí por más que lo intentara, y que sólo me sacaron de quicio. Me quedaron dos escorpianos, lo cual no es ningún mérito, porque sabemos que no dejan títere con cabeza. A uno lo elegí fríamente para dejar de ser virgen a los 24 años de edad. Me trató muy bien, y me trató muy mal. Al menos cumplió su cometido. El otro me deslumbró y me mintió y ambos creímos su mentira, me desvié de mi propia vida por él, creí enamorarme -pero no-. Me trató muy bien, y me trató muy mal. Y aún cuando me trataba bien me estaba haciendo un enorme daño. Y yo me dejé. Y dejarlo yo a él fue de lo más difícil que debí hacer en la vida, porque no me esperaba nadie. Creo que eso se llama "entrega". Recientemente me auto-rescaté de su depósito de conquistas y ahora voy haciendo dedo, tratando de huir de mi captor y de mi propio síndrome de Estocolmo.

Y todo así.