jueves, 13 de diciembre de 2012

Bebop o el arte de vivir ahora.

Y sí. Sigo anclada en el pasado, y sabemos que las anclas son pesadas pues su función así lo requiere. Pero de pronto ese no-estar, ese pretender vivir lo que ya no es -bueno y malo- te deja en un limbo donde no podés ser ni hacer.
Entonces, durante los 40 minutos que suceden a ese instante preciso en que el fármaco -legal, alguna vez recetado- hace efecto, sentís que limpiás el escenario de mugre, de hojas secas, del enchastre causado por goteras y huracanes, de las porquerías que con mayor o menor conciencia tiran a tu patio esos vecinos de arriba que no te atrevés a enfrentar. Y se te ocurre que si ese lapso durara un poco más (con la ayuda de la química), algún deseo escondido vencería su patológica timidez y se abriría paso, visible, audible, imposible de ignorar.
Pero ese momento no llega: estás por atraparlo con una red para mariposas, y no. Tampoco esta vez.
Sin embargo, me sigue maravillando mi insistencia en renacer de todas las muertes, de todas las teorías y creencias y fantasías que mi razón crea y derrota con igual facilidad.
Improvisar ES la libertad, y viceversa: es escribir con fibra indeleble porque no hay marcha atrás, y aprender a amar los manchones y las tachaduras tanto como los poemas más logrados. Es elevar la imperfección en mí porque gracias a ella la belleza es posible.

Como un solo de Miles, de Coltrane, de Bird, de Monk.